Porque las cosas que más te asombran y te maravillan de niño
después también se deterioran, como el refrigerador de la casa de mis abuelos
que siempre estaba repleto de toda la comida más exquisita, quesos y helados y
yogures y pasteles y bebida y los almuerzos más ricos, con una sopa de entrada
y ensalada y plato de fondo y postre, un postre que después se convirtió el jalea
y los yogures se comenzaron a vencer porque los nietos ya nunca iban y mis
abuelos no podían tomar esta nueva costumbre de comprar menos para que las
cosas no se echaran a perder, y todos sabemos que los yogures duran meses pero
por meses nadie iba y ellos compraban más y más y mi abuelo se aprendió de
memoria ese discurso de que las cosas vencidas se pueden comer todavía después,
que eso de la fecha de vencimiento es una mentira más que inventaron los
supermercados. Y yo ahora pienso que no hay nada más triste que una comida vencida o una planta muerta o un baño sucio. Yo amaba a mis abuelos porque ellos se desvivían por querernos,
por entregarnos todo y yo supe eso desde que era demasiado pequeña porque
sencillamente sentía el entusiasmo que ponían en enseñarnos cosas. Aprendí
matemáticas un verano a los cuatro años cuando sentados en la alfombra del
living mi abuela nos mostró por primera vez un ábaco y nos compró esas barritas
de madera y yo aprendí que todo era una medida de un total. También me leyeron
cuentos y llevaron a una profesora para que me enseñara piano. Jugamos por años a la sirvienta y al barco en
el patio de atrás. Había un palto y había un perro que se llama Odín, como el principal Dios de
la mitología nórdica. Mi abuela estaba obsesionada con la mitología. Tomaba
clases de griego. Se grababa en cintas de cassettes mientras estudiaba y luego
guardaba los cassettes que cabían perfecto en esas cajas de hamburguesas Patty.
Acumulaba cajas y cajas de cintas en su escritorio. Forraba todos sus libros
con papel de diario para que no se echaran a perder. Era una mujer inteligentísima mi abuela. Y
también mantenía un jardín hermoso, cultivado a la perfección. Cada uno tenía
una pieza que era su escritorio y donde mi abuela acumuló sus libros sobre
mitología y miles de objetos de los que nunca se podía desprender, y mi abuelo
acumuló libros sobre álgebra y física y discos de música clásica, también amaba
la fotografía y estaba obsesionado con la tecnología y se compró el primer
computador en donde jugábamos un juego donde un hombre tenía que sacar unos
barrotes de oro de una pieza. Era en blanco y negro y aceptaba esos disquetes
grandes y planos. Hacía clases particulares de física y matemática y cuando
iban sus alumnos yo me sentía orgullosísima de ser nieta de ese hombre que les
enseñaría todo lo que no sabían, así que me gustaba pasearme aunque sea una vez
por el comedor mientras tenían sus clases, para que los alumnos me vieran y
sintieran envidia porque yo lo aprendería todo como si estuviera ya en mis
genes. Ojalá mi abuelo me hubiese mostrado la música clásica. Todas las mañanas
nos llevaba a la cama un huevo a la copa, nunca he probado unos más ricos.
Me
di cuenta de algo muy triste, me di cuenta de que estoy viejo, ayer estaba en
el Jumbo con la abuela y de pronto pensé que la había perdido, no la vi por
ninguna parte, y entonces miré y había una señora muy vieja, pero realmente
vieja que tenía un vestido parecido al que usa la abuela y de repente me di
cuenta de que era ella, y pensé que también yo debía verme tan viejo, tan viejo
como ella.
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