sábado, junio 8



Porque las cosas que más te asombran y te maravillan de niño después también se deterioran, como el refrigerador de la casa de mis abuelos que siempre estaba repleto de toda la comida más exquisita, quesos y helados y yogures y pasteles y bebida y los almuerzos más ricos, con una sopa de entrada y ensalada y plato de fondo y postre, un postre que después se convirtió el jalea y los yogures se comenzaron a vencer porque los nietos ya nunca iban y mis abuelos no podían tomar esta nueva costumbre de comprar menos para que las cosas no se echaran a perder, y todos sabemos que los yogures duran meses pero por meses nadie iba y ellos compraban más y más y mi abuelo se aprendió de memoria ese discurso de que las cosas vencidas se pueden comer todavía después, que eso de la fecha de vencimiento es una mentira más que inventaron los supermercados. Y yo ahora pienso que no hay nada más triste que una comida vencida o una planta muerta o un baño sucio. Yo amaba a mis abuelos porque ellos se desvivían por querernos, por entregarnos todo y yo supe eso desde que era demasiado pequeña porque sencillamente sentía el entusiasmo que ponían en enseñarnos cosas. Aprendí matemáticas un verano a los cuatro años cuando sentados en la alfombra del living mi abuela nos mostró por primera vez un ábaco y nos compró esas barritas de madera y yo aprendí que todo era una medida de un total. También me leyeron cuentos y llevaron a una profesora para que me enseñara piano.  Jugamos por años a la sirvienta y al barco en el patio de atrás. Había un palto y había un perro que se llama Odín, como el principal Dios de la mitología nórdica. Mi abuela estaba obsesionada con la mitología. Tomaba clases de griego. Se grababa en cintas de cassettes mientras estudiaba y luego guardaba los cassettes que cabían perfecto en esas cajas de hamburguesas Patty. Acumulaba cajas y cajas de cintas en su escritorio. Forraba todos sus libros con papel de diario para que no se echaran a perder.  Era una mujer inteligentísima mi abuela. Y también mantenía un jardín hermoso, cultivado a la perfección. Cada uno tenía una pieza que era su escritorio y donde mi abuela acumuló sus libros sobre mitología y miles de objetos de los que nunca se podía desprender, y mi abuelo acumuló libros sobre álgebra y física y discos de música clásica, también amaba la fotografía y estaba obsesionado con la tecnología y se compró el primer computador en donde jugábamos un juego donde un hombre tenía que sacar unos barrotes de oro de una pieza. Era en blanco y negro y aceptaba esos disquetes grandes y planos. Hacía clases particulares de física y matemática y cuando iban sus alumnos yo me sentía orgullosísima de ser nieta de ese hombre que les enseñaría todo lo que no sabían, así que me gustaba pasearme aunque sea una vez por el comedor mientras tenían sus clases, para que los alumnos me vieran y sintieran envidia porque yo lo aprendería todo como si estuviera ya en mis genes. Ojalá mi abuelo me hubiese mostrado la música clásica. Todas las mañanas nos llevaba a la cama un huevo a la copa, nunca he probado unos más ricos. 
Me di cuenta de algo muy triste, me di cuenta de que estoy viejo, ayer estaba en el Jumbo con la abuela y de pronto pensé que la había perdido, no la vi por ninguna parte, y entonces miré y había una señora muy vieja, pero realmente vieja que tenía un vestido parecido al que usa la abuela y de repente me di cuenta de que era ella, y pensé que también yo debía verme tan viejo, tan viejo como ella.

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