jueves, octubre 8



Y mis perros caminan y corren por el pasto y por las piedras de la playa, se meten al agua, muerden las olas, se caen, se mojan enteros para luego sacudirse siempre al lado mío, no tenemos frío aunque esté nublado y sea todavía invierno, corren de aquí hacia allá hasta perderse de vista, mascan piedras pome y maderas pulidas por el agua, escuchan mis silbidos a lo lejos y paran sus orejas, se detienen y corren hacia mí, aunque a veces no lo hacen, me miran y siguen su curso, saben que estoy aquí, Satori va siempre delante, aventurero, como un hermano mayor, amistoso con quien se encuentre, saludando a cada perro y a cada persona, sumiso y seguro pero también precavido y siempre alerta, Tuyo está detrás y hace todo lo que el Satori haga, aprende todo de él, se rompe las almohadillas de las patas y no le importa, no siente el dolor y las piedras que va pisando se pintan con pequeñas gotitas de sangre, están felices y pareciera que siempre hubiesen vivido aquí, que nunca estuvieron en un departamento y hubo que ponerles una cadena para sacarlos a hacer pipí. Cómo podrían dolerle sus heridas al Tuyo, cómo podría volver el Satori a mi llamado, sabiendo que existe esa libertad tan natural y más segura que todo, donde pueden estar despojados no solo de su ego sino de las cadenas del ser humano y hacer lo que les plazca, sin embargo, permanecen por ahí, investigando los lugares, olores puros a humedad y plantas y animales, tantas cosas nuevas, y deliciosas! El paraíso debe ser así, lo más parecido a esto.

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