miércoles, octubre 9

A veces no tiene sentido pensar en cómo cambian las cosas que a uno más le interesan, las cosas en que cada persona se fija cuando camina por las calles de las ciudades de mundo. Desde hace un tiempo que yo solo me fijo detenidamente en la arquitectura. No sé nada sobre ella pero he tomado cierta obsesión por fijarme siempre en las construcciones antiguas y en el nombre del arquitecto y en el año en que fueron hechas y en sus formas, en todo lo que pueda ver de lejos. Me gusta mirar cómo son las ventanas y he descubierto varios edificios que tienen exactamente las mismas ventanas que el edificio en el que vivo. También he visto las mismas persianas y persianas de muchos otros tipos. Persianas rotas y otras mantenidas a la perfección. Cocinas con las mismas baldozas negras con una sola línea blanca en un costado. Baños con los mismos azulejos. Tinas enormes en donde no tendrías que doblar las rodillas y duchas pequeñas donde no podrías bañarte de a dos. Balcones con jardineras incluídas para cultivar las plantas y balcones que atraviesan todo un departamento, balcones preciosos con cactus y banquitas para sentarse a fumar y mesitas para tomar un té a media tarde y también balcones repletos de cachureos, desaprovechados absolutamente, me da una pena enorme ver esos balcones muertos. Con sus plantas muertas y cajas acumuladas y ropa tendida y bicicletas en deshuso. Ascensores con rejas y tipografías antiguas. Ascensores que no funcionan. Salas de ascensores. Departamentos duplex y departamentos con subterráneos y un espacio en donde antes hubo un montacargas. Departamentos con dos entradas, una que da al living para que entre la familia, y otra que da a la cocina y donde afuera aparece grabada en una placa de metal la palabra "servicio". Paredes que siempre terminan en curvas y donde no podría vivir una araña de rincón. Colores de paredes que siempre significan algo distinto. Los lavamanos enormes de los baños y uno que otro bidet. Mirillas de las puertas de entrada y enchufes antiquísimos que todavía funcionan. Me gustan las repisas de metal y las escuadras de metal o en realidad cualquier objeto que tenga una base de metal, sillas, mesas, veladores, las licuadoras viejas y las lámparas de fábrica. He visto preciosas torres de agua sobre los edificios antiguos generalmente en condominios, torres de agua que quizás ya no funcionan porque todo se arruina con el tiempo y después llega el agua potable de cañería, y no hay nada más triste para mí que las cosas que pierden su uso. Pienso en lo que había dentro de todos esos departamentos ahora habitados por familias modernas, por un grupo de amigos jóvenes o por una familia que se cae a pedazos, quién vivió en mi departamento en 1950, quién se bañó en esa tina y tocó ese timbre que resuena en la cocina. Qué cosas había y qué cosas se hacían en todos esos espacios que ahora significan algo diferente. Son demasiadas las presencias y las ausencias que se yuxtaponen en estos caos espaciales y son demasiados los objetos que nos ligan siempre a esos pasados. Es imposible construir algo nuevo y desligarse de lo que alguna vez existió bajo nuestro propio suelo. Parece ridículo para mí dejar atrás o botar a la basura cualquier objeto preciado de nuestros antepasados que alguna vez significó un mundo para alguien. 
Cuando miro hacia atrás me arrepiento de no haber conservado en mi memoria aquellos detalles de las casas en las que viví o que conocí de pequeña.




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