Entonces tomaba un libro y leía a la débil luz de aquella fúnebre lucerna, y poco a poco, todo mi cuerpo se enfriaba, los pies volvían a helárseme, se redoblaba mi nostalgia y me arrojaba sobre el lecho a sepultar en el sueño los deseos inexpresados y los ensueños indeterminables de una vida muy distinta a ésta —y a toda vida.
miércoles, marzo 2
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