domingo, julio 4

Estoy tranquilo pero herido.

Cuando era chico jugaba a la pelota con mi papá. Vivíamos en un departamento cerca de la línea del tren, en el condominio había un estacionamiento enorme y jugábamos ahí. A veces se unían los vecinos, pero yo sabía que solo querían ver cómo jugaba mi papá, porque cuando yo estaba solo nunca se acercaban a mí. Vivíamos solos, mi mamá se fue un día y no volvió más. A mí no me importaba, ya ni siquiera pensaba en ella ni me acordaba de su cara. Mi papá y yo teníamos nuestro equipo armado, y nunca nadie tenía que quedarse en la banca. Él decía que yo jugaba bien a la pelota y que cuando grande sería famoso. Un día me inscribió en el equipo de la comuna, hicimos completos para celebrar y mi papá me compró una coca cola de dos litros solo para mí. Pero al día siguiente me desperté con un ruido y cuando fui a ver qué era me encontré con que mi papá se había pegado un balazo. Pero no era en la cabeza, como en las películas, era en el corazón, como en las malas películas. Dos balazos en el corazón, encerrado en la cocina, con la tetera prendida pero que aún no hervía. Yo había visto la pistola en su velador, pero pensaba que era de mentira. A la semana me llevaron a un hogar de menores. Me dijeron que iban a ser solo unos días, pero terminé viviendo en ese lugar por demasiado tiempo. Ahí me hice unos amigos, y fui al colegio por primera vez. Aprendí algunas cosas de historia, algo de matemáticas, y jugué al fútbol todos los días, durante seis años. Me dijeron que mi papá vendía droga, que debía mucha plata y que por eso se mató. Nunca me pudo parecer una buena historia. Tampoco me la creí, pero ya no importa. Jugué futbol y fui un buen jugador, me uní al equipo de Maipú, y postulé para jugar en Colo-Colo, pero no me aceptaron. Cuando cumplí los dieciocho dejaron que me fuera del hogar de menores, porque yo ya no era menor, y me fui, solo, a la deriva, sin tener a donde ir. Conseguí un trabajo limpiando los baños de un bar universitario. Era un asco y me pagaban una miseria. Arrendé una pieza tan barata que incluso gastaba más dinero en jugar a los tragamonedas de la esquina. Solo quería sobrevivir de la única manera posible y mejorar en el fútbol, parecía que esa era la única opción que tenía para salirme del destino en el que estaba atrapado. El de quien no tiene a nadie a quien llamar por teléfono. Por ese tiempo ni siquiera pensaba en las mujeres, solo pensaba en jugar a la pelota, en comprarme una casa con una cancha, y ser cada vez mejor y luego ganar algún dinero, pero solo para dejar de limpiar los meados de los borrachos y poder comer algo más que pan todos los días. Aunque suene falso, nunca tuve la ambición de comprar ropa de marca, ni de estar rodeado de mujeres, ni de comprarme un auto último modelo.

Entonces jugaba al fútbol todas las mañanas en el club de Maipú, después me iba al bar y luego a dormir a la pieza. Mi vida se redujo a eso, hasta que cumplí los veinte años y un día estando en el bar una mujer se acercó a mí y me preguntó mi nombre. Se podría decir que ocurrió lo que la gente llama amor a primera vista, estoy seguro. Me dijo que si quería ir a tomarme una cerveza con ella, y yo acepté, encantado, y fuimos a su mesa, donde había otras personas pero yo ni siquiera los miré y de pronto estaba saliendo del bar, de la mano de ella. Estábamos borrachos, pero creo que yo más. Fuimos a mi pieza, sin importarme ni un comino la indecencia de mi vida, compramos un vino en caja, y cuando desperté a la mañana siguiente ella ya se había ido. Me echaron del bar ese mismo día. No me importó. Tampoco fui a jugar al fútbol, ni me comí ni un pan, ni me levanté de la cama. El peso de la felicidad era algo que no había experimentado desde hacia tantos años que ya había olvidado lo que se sentía, y todas las cosas que dominaban mi vida me parecieron entonces sin ningún sentido. Vi muy claro que había estado viviendo de un futuro abstracto que hacía que todos mis días flotaran en la nada. Cuando fue de noche la chica del bar volvió a mi casa, a mi pieza, y trajo consigo dos cajas de vino. Pensé que se quedaría a dormir pero dijo que tenía que trabajar a eso de las doce de la noche, y que volvería cuando terminara. No pregunté en qué trabajaba a esa hora y ella tampoco especificó nada. Me imaginé uno de esos horribles call centers donde te ponen un horario que simplemente te deja sin dormir.

Pasaron días, o quizás incluso un par de semanas en las que estuve encerrado en mi casa esperando a que ella volviera a meterse un rato en la cama conmigo, en que la dinámica era tomar vino hasta la saciedad y después comer pan con huevo revuelto. Yo ya había agotado mi dinero y ella lo pagaba todo, aunque no era mucho lo que necesitábamos. Por esos días la vida real me importaba tan poco que hubiese podido ser feliz viviendo en la calle con los perros.

Recuerdo perfectamente el viernes en que ella se fue al trabajo como de costumbre y yo me quedé en la pieza, bebiendo lo que quedaba del vino, con los labios morados, esperando a que el tiempo pasara. Pero no podía dormir y salí a caminar a ver si encontraba una botillería abierta. Estando borracho siempre podía dormir perfectamente. Me compré unas latas de cerveza y me las fui tomando mientras caminaba y caminaba y caminaba por Santiago, yendo a sitios a los que nunca había ido, a eso de las tres de la mañana, hasta que en una esquina creí ver a mi novia, aunque no era realmente mi novia pues nunca le había pedido pololeo, pero lo era para mí indudablemente. Estaba con una mini falda y una chaqueta diminuta, acababa de bajar de un auto y se disponía a encender un cigarrillo. Había otras chicas vestidas como ella. Me quedé inmóvil, a diez metros, no sé cuánto tiempo, quizás cinco minutos o veinte, y luego me di la vuelta y volví por donde había venido.

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