siempre pensaba en cómo sería mi primera muerte cercana. tenía una leve idea cuando tenía cinco años y murió mi bisabuelo. el papá de mi abuela materna. vivía en llo-lleo. era de noche y sentí una pena tremenda de no conocerlo. de que nunca lo iba a conocer. miraba al cielo y lo buscaba, quería verlo, pensé que él estaría ahí junto a las estrellas. alguien me lo había dicho, seguramente. pero me parecía que era demasiado lejos. aunque fuese una estrella, estaba demasiado lejos de mí y de mi madre.
hoy murió mi abuelo. no tengo gran cosa que decir al respecto. me he pasado el día entero intentando recordar momentos junto a él. y no he podido. recuerdo cosas que hice estando en su casa, en sus campos, pero nunca estaba con él en esos recuerdos. él siempre estaba encima de un caballo con algún otro primo. o acostado en el sillón del living viendo el festival de viña. yo simplemente no le interesaba. recuerdo su camioneta chevrolet blanca doble cabina, e ir entre él y mi padre, sentada justo detrás de la palanca de cambios, yendo desde el campo del sur a la casa del lago ranco. recuerdo su trato con los campesinos y trabajadores, su voz aguda y decidida, pero siempre con amor, un trato de igual a igual, y sus chupallas. la admiración que todos sentían por él. su orgullo y su forma de caminar. una vez me regaló un ternero. los terneros que parían las vacas de la lechería estaban todos juntos en un potrero y había que darles leche a las seis y media de la mañana. a mí y a mis amigos era esto lo que más nos gustaba. nos levantábamos cuando todavía estaba oscuro e íbamos, desde que yo tenía cinco años. y yo sabía que era mi abuelo quien me daba la oportunidad de hacer eso. es decir, yo estaba consciente y agradecida de tener un campo y un lago y caballos y vacas y piscina y todo lo demás. pero no sentía un vínculo real. todos mis primos ya tenían también un ternero o una vaca, con un número perforado en una oreja, el 256 era de alguno y el 197 de otro, y el mío, ni siquiera puedo recordar su número, ni lo que sucedió después con él. lo que sí recuerdo, es que a mi abuelo le gustaban los juegos. juegos de mesa, juegos de casino, póker, veintiuna real, cachos, las apuestas, el vino y el licor de menta. cuando fui mas grande, cada vez que veía a mi abuelo, al despedirnos él siempre me pasaba un billete doblado. eran cinco mil pesos, o a veces menos. como si con eso estuviese excomulgando sus pecados. mi abuelo, nunca en la vida, me dijo feliz cumpleaños ni yo se lo dije a él. y si no estoy en lo cierto, es que he olvidado gran parte de la historia y no sé por qué.
y cuando mi abuelo se comenzó a ir, nunca sentí lástima por él, pensé que era lo que se merecía, que no podía ser de otra forma. pensaba que era necesario que se olvidara de muchas cosas, de las cosas por las que ya no tendría tiempo de pedir perdón. lo veía como un niño pequeño, vacío, inocente. y lo único que me hizo sentir pena por él fue cuando supe que tenía otra mujer y otra familia, en el pequeño pueblo de Teno, y que se la habían quitado. mis tíos fueron donde esa mujer, a la casa que mi abuelo le había comprado, y le dijeron que o ella se quedaba a cuidarlo a él para siempre, o que se lo llevarían a Santiago. ella prefirió que se lo llevaran, y así mi abuelo comenzó su rápido deterioro.
entendí su no-pertenencia a mí y mi no-pertenencia a él. no creo que él haya sido un hombre malo. creo que era un hombre demasiado fuerte como para verse doblar. creo que prefirió olvidar las cosas que no había hecho. yo también querría borrarme de todo, si llegara al fin de mi vida y viera que fui una persona diferente de la que me sentía.
y entonces lo vi, tendido en la cama, pesando 42 kilos, flaco, con sondas y jeringas, el cuerpo de mi abuelo, el alma de mi abuelo, otra persona en otro mundo, más lejos de mí que nunca, susurrando mi nombre después de que se lo dijo la enfemera, repitiendo ni nombre, muriel, mu-ri-el, las sílabas de un nombre ajeno. y yo le dije que lo iría a ver al departamento cuando estuviera mejor, que ese mismo día lo daban de alta, y nunca más lo volví a ver.
pronunciando las sílabas de mi nombre. la última vez que vi a mi abuelo. porque cuando llegué a la iglesia el ataúd ya estaba cerrado. y la verdad es que me alegré de que así fuera. en el funeral algunos de mis primos dijeron unas palabras para él, y me pareció que hablaban de otra persona.
hoy murió mi abuelo. no tengo gran cosa que decir al respecto. me he pasado el día entero intentando recordar momentos junto a él. y no he podido. recuerdo cosas que hice estando en su casa, en sus campos, pero nunca estaba con él en esos recuerdos. él siempre estaba encima de un caballo con algún otro primo. o acostado en el sillón del living viendo el festival de viña. yo simplemente no le interesaba. recuerdo su camioneta chevrolet blanca doble cabina, e ir entre él y mi padre, sentada justo detrás de la palanca de cambios, yendo desde el campo del sur a la casa del lago ranco. recuerdo su trato con los campesinos y trabajadores, su voz aguda y decidida, pero siempre con amor, un trato de igual a igual, y sus chupallas. la admiración que todos sentían por él. su orgullo y su forma de caminar. una vez me regaló un ternero. los terneros que parían las vacas de la lechería estaban todos juntos en un potrero y había que darles leche a las seis y media de la mañana. a mí y a mis amigos era esto lo que más nos gustaba. nos levantábamos cuando todavía estaba oscuro e íbamos, desde que yo tenía cinco años. y yo sabía que era mi abuelo quien me daba la oportunidad de hacer eso. es decir, yo estaba consciente y agradecida de tener un campo y un lago y caballos y vacas y piscina y todo lo demás. pero no sentía un vínculo real. todos mis primos ya tenían también un ternero o una vaca, con un número perforado en una oreja, el 256 era de alguno y el 197 de otro, y el mío, ni siquiera puedo recordar su número, ni lo que sucedió después con él. lo que sí recuerdo, es que a mi abuelo le gustaban los juegos. juegos de mesa, juegos de casino, póker, veintiuna real, cachos, las apuestas, el vino y el licor de menta. cuando fui mas grande, cada vez que veía a mi abuelo, al despedirnos él siempre me pasaba un billete doblado. eran cinco mil pesos, o a veces menos. como si con eso estuviese excomulgando sus pecados. mi abuelo, nunca en la vida, me dijo feliz cumpleaños ni yo se lo dije a él. y si no estoy en lo cierto, es que he olvidado gran parte de la historia y no sé por qué.
y cuando mi abuelo se comenzó a ir, nunca sentí lástima por él, pensé que era lo que se merecía, que no podía ser de otra forma. pensaba que era necesario que se olvidara de muchas cosas, de las cosas por las que ya no tendría tiempo de pedir perdón. lo veía como un niño pequeño, vacío, inocente. y lo único que me hizo sentir pena por él fue cuando supe que tenía otra mujer y otra familia, en el pequeño pueblo de Teno, y que se la habían quitado. mis tíos fueron donde esa mujer, a la casa que mi abuelo le había comprado, y le dijeron que o ella se quedaba a cuidarlo a él para siempre, o que se lo llevarían a Santiago. ella prefirió que se lo llevaran, y así mi abuelo comenzó su rápido deterioro.
entendí su no-pertenencia a mí y mi no-pertenencia a él. no creo que él haya sido un hombre malo. creo que era un hombre demasiado fuerte como para verse doblar. creo que prefirió olvidar las cosas que no había hecho. yo también querría borrarme de todo, si llegara al fin de mi vida y viera que fui una persona diferente de la que me sentía.
y entonces lo vi, tendido en la cama, pesando 42 kilos, flaco, con sondas y jeringas, el cuerpo de mi abuelo, el alma de mi abuelo, otra persona en otro mundo, más lejos de mí que nunca, susurrando mi nombre después de que se lo dijo la enfemera, repitiendo ni nombre, muriel, mu-ri-el, las sílabas de un nombre ajeno. y yo le dije que lo iría a ver al departamento cuando estuviera mejor, que ese mismo día lo daban de alta, y nunca más lo volví a ver.
pronunciando las sílabas de mi nombre. la última vez que vi a mi abuelo. porque cuando llegué a la iglesia el ataúd ya estaba cerrado. y la verdad es que me alegré de que así fuera. en el funeral algunos de mis primos dijeron unas palabras para él, y me pareció que hablaban de otra persona.
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