¿Éramos realmente un genio cuando pensábamos como un solo ser?
Tengo que responder que sí, especialmente si tenemos en cuenta el hecho de que no teníamos profesores. Y lo digo sin jactancia porque sólo soy la mitad de esa mente extraordinaria.
Recuerdo que criticábamos la Teoría de la Evolución de Darwin basándonos en el hecho de que las criaturas se convertirían en seres tremendamente vulnerables mientras trataban de mejorar su especie, cuando intentaban desarrollar alas o una coraza. Serían devorados por animales más prácticos mucho antes de que sus maravillosas nuevas características se hubiesen perfeccionado.
Hubo por lo menos una profecía en la que acertamos con tal exactitud que pensar en ella, incluso ahora, me deja pasmado.
Escuchen: comenzamos con el misterio de cómo los antiguos habían levantado las pirámides de Egipto y México, y las grandes cabezas de la Isla de Pascua y los impresionantes arcos de Stonehenge, sin las fuentes de energía ni los instrumentos modernos.
Llegamos a la conclusión de que en la Antigüedad hubo días en que la gravedad era tan ligera que la gente podía jugar a la pelota con enormes trozos de roca. Incluso estimamos que quizá fuese anormal que la gravedad de la Tierra se mantuviera estable durante largos períodos de tiempo. Profetizamos que en cualquier momento la gravedad podía volver a convertirse en un elemento tan caprichoso como el viento, el frío, el calor, o las tempestades.
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