sábado, julio 30

Nadie quiere quedarse sin nada. Haneke lo decía, en todas sus películas. La familia representa el miedo a perderlo todo. Cuando hablo de amor, puedes olvidarte de toda esa idea del cuento feliz con sonrisas y chocolates y promesas eternas. Cuando hablo de amor, solo tienes que imaginar que vives para otra persona. Al final, terminas por entenderlo. Cuando ya has llorado tres noches seguidas, cuando has tomado demasiada cerveza o fumado demasiado cigarros o caminado diez o treinta mil veces por la misma calle. La rutina te hace preguntar algunas cosas. Te das cuenta de que la vida no es más que un completo absurdo. Si logras aceptar algunos hechos dolorosos comienzas a abrir el camino que te lleva hacia la verdad, y puede que la verdad no siempre sea el lugar más bonito, pero es sin duda en lugar en donde querrás estar. Si es que es cierto que vivimos en una realidad espuria, somos nosotros los culpables. Dejamos que la inseguridad domine nuestros actos. Me siento solo y engañado y una mala persona, estoy arrepentido de lo que he hecho, estoy asustado, cualquier día puedo morir en el metro, pueden atropellarme, dispararme, puedo ahogarme con un pedazo de carne de un animal al que han torturado en un matadero días atrás. Puede que lo que escuche día a día, en mi casa y en la calle y en la radio, las cosas que todas las personas hablan, puede que no sean más que mentiras. Todos vivimos en una desconfianza constante ante el mundo, una desconfianza que se funda en malograr el ideal de lo que creemos es correcto. Estamos equivocados, todos. No hay algo que sea correcto o incorrecto. No hay algo que esté mal si es lo que quieres hacer. Te hacen pensar que está mal porque tal vez hay otra persona a la que tu acto le afecte negativamente. Y te hacen pensar que eres egoísta. Y debes sentirte mal por ser egoísta. Y entonces yo digo, eso es pura basura moralista, si hubiésemos aprendido a vivir con este sentimiento negativo podríamos incluso entender la vida en su totalidad, pero en cambio estamos con esta incomodidad intrínseca, con este individualismo disfrazado de entendimiento, autoconvenciéndonos cuando en realidad deberíamos estar despojándonos de todo, de absolutamente todo aquello.

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