¿Te acuerdas de tu primera casa, en aquella calle limpia, solitaria, entre palacios y jardines bien cuidados, por donde no pasaban de noche nada más que enamorados y porteros? Era una casa grande, un tanto amarilla y aunque no tendría más de cincuenta años, exhalaba ya algo de vejez y de tristeza. ¿Te acuerdas de la gran habitación obscura, toda llena de libros y revistas, almacén de todas las delicias italianas y francesas: ubérrima tierra prometida de todas mis curiosidades de ignorante? ¿Te acuerdas de las largas charlas en tu cuarto, ante el suave chisporrotear de la leña seca que se quemaba en la estufa, mientras caía rápida la noche y las campanas tañían sin cesar por algún duelo olvidado? ¿Y te acuerdas de aquel jardincillo estéril, enterrado entre paredes húmedas y ventanas siempre cerradas, donde por primera vez hablamos, conmovidos, de Stirner y de la divina voluntad del yo? ¿O te acuerdas más bien, de cuando íbamos a esperar la puesta del sol y mirábamos la ciudad extendida cobardemente a orillas del río lento y le decíamos: ¿Serás nuestra?
A veces íbamos más lejos, a los montes, en busca de soledad, de viento y de serenidad. Nunca nos parecía largo el camino. Seguíamos adelante con nuestro rápido paso de andarines impacientes; y, en vez de cantar, alegrábamos el trayecto con pensamientos y paradojas. Las subidas nos animaban como una batalla que vencer; las bajadas nos humillaban y enmudecían. Pronto escapábamos de las tapias, de las verjas de hierro, de los campos rayados en surcos derechos como un cuaderno de escuela. Buscábamos la altura y la libertad, los caminos sin la regla de los setos, los senderos y los atajos, las manchas peladas, las subidas pedregosas que llevan a las casas deshabitadas.
Acuérdate de nuestras veladas, cuando yo iba a tu casa, a la otra casa, donde estabas solo, escribiendo y esperándome. Delante de tus ventanas había un ciprés, y junto al ciprés una subida. Queríamos mucho a aquel ciprés, que era un poco destartalado y polvoriento, pero todo negro y completamente solo en aquel resto de jardín antiguo. Y siempre mirábamos la subida. Nuestra vida era y quería ser una subida. Todos nuestros sueños los habíamos soñado en la altura, con los pies en la hierba agostada y el perfume de las retamas en el aire. Todos nuestros proyectos de libros, nuestros programas de diarios, nuestros planes de acción, los hemos concebido allá arriba, a algunos centenares de metros sobre el mar y sobre la gente. Y en todo cuanto yo pensase o propusiera, entrabas tú también: y en las cosas propuestas por ti, debía tener parte yo, y el universo estaba dividido perfectamente, así: nosotros dos, de una parte, y todo el resto, de la otra.
Nos hemos descubierto juntos y juntos hemos descubierto el pensamiento. Yo te revelé a tí mismo el alma tuya y tú abriste en mí mismo el alma mía. Juntos hemos creído todo y negado todo: hemos edificado y demolido. Juntos, la mano en la mano, hemos buscado la verdad, devorado los libros y discutido las glorias más incontestables. Al mismo tiempo nos hemos librado de la fe de los padres, de los ídolos de la tribu, de las mordazas de los temerosos. Hemos dormido en el mismo lecho y comido en la misma mesa, y hemos señalado en los mismos libros, las mismas páginas.
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