martes, diciembre 29

"Supongamos que le eche un polvo efectivamente; bueno, ¿y qué? ¿Qué tengo que decir a una chica así? ¿Qué es un polvo, cuando lo que busco es amor? Sí, de repente cae sobre mí como un tornado... Ella, la muchacha que amé, la muchacha que vivía aquí, en este barrio, ella de ojos azules y pelo rubio, ella que me hacía temblar sólo de mirarla, ella a quien temía besar o tocarle la mano siquiera. ¿Dónde está ella? Sí, de pronto ésa es la pregunta candente: ¿Dónde está ella? Al cabo de dos segun­dos me siento completamente desalentado, completamente per­dido, desolado, presa de la angustia y la desesperación más horribles. ¿Cómo pude dejarla marchar? ¿Por qué? ¿Qué ocurrió? ¿Cuándo ocurrió? Pensé en ella como un maníaco noche y día, año tras año, y después, sin advertirlo siquie­ra, va y desaparece de mi mente, así como así, como una mo­neda que se te cae por un agujero del bolsillo. Increíble, monstruoso, demencial. Pero, bueno, si lo único que tenía que hacer era pedirle que se casara conmigo, pedir su mano... y nada más. Si lo hubiera hecho, ella habría dicho que sí inmediatamente. Me amaba, me amaba desesperadamente. Pues, claro, ahora lo recuerdo, recuerdo cómo me miraba la última vez que nos encontramos. Me estaba despidiendo porque salía aquella noche para California, dejando a todos para iniciar una nueva vida. Y en ningún momento tuve intención de hacer una nueva vida. Tenía intención de pedirle que se casara conmigo, pero la historia que había concebido como un bobo salió de mis labios con tanta naturalidad, que hasta yo me la creí, así que dije adiós y me marché, y ella se quedó allí mirándome y sentí que su mirada me atravesaba de parte a parte. La oí lamentarse por dentro, pero seguí caminando como un autómata y al final doblé la esquina y se acabó todo. ¡Adiós! Así como así. Como en estado de coma.

Y lo que quería decir era: ¡Ven a mí! ¡Ven a mí porque no puedo seguir viviendo sin ti!"

No hay comentarios: